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viernes, 28 de abril de 2017

La unidad de la virtud y su reducción al saber



Sócrates, el gran maestro de Platón, consagró su vida a la investigación filosófica, o sea, al conocimiento, al saber. Los escritos de juventud del discípulo se centran en difundir el ideario socrático: “una vida sin investigación no es digna de ser vivida por el hombre” (Apología, 38).
La investigación que emprende el joven Platón le lleva a señalar que no existen virtudes particulares, sino que la virtud es una sola. Además, no existen valores distintos en las relaciones humanas, sino existe un solo fin o valor: el bien.  

Lo primero que debe examinar el investigador, según Sócrates, es reconocer su propia ignorancia. En el diálogo Alcibíades I, el maestro pregunta dónde aprendió el personaje la sabiduría para dirigir y aconsejar al pueblo ateniense, ya que Alcibíades nunca se reconoció ignorante y por ende, nunca se preocupó de buscar la sabiduría. Este interlocutor, sentencia el filósofo, se encuentra en la peor de las ignorancias, la de aquel que no sabe que es ignorante. Para salir de ella, necesita aprender a conocerse a sí mismo, lo que significa conocer su alma.  
El tema de la ignorancia inconsciente lo trata Platón en los diálogos intitulado Ion. Este es un personaje, un rapsoda, quien trata todos los temas de la vida con el conocimiento que le proporcionaba la poesía homérica. Exaltaba a Homero como la más importante fuente de sabiduría griega. Platón describe el camino del conocimiento del rapsoda: Homero tiene una inspiración, la misma es trasmitida por el bardo a quien le escucha. Platón denuncia que cuando el poeta canta a la guerra, si fuese verdadera sabiduría, podría dirigir los ejércitos, y no es así.
El joven Platón lleva el argumento del conocimiento al tema del bien. El ignorante es quien peca, y lo hace porque no conoce el bien. Con este argumento refuta la tesis opuesta que sostiene que hay quien peca voluntariamente porque conoce el bien y el mal. Platón demuestra con el desarrollo de su tesis que la virtud es sólo una, por lo que ninguna “virtud” puede ser tomada, estudiada, comprendida y definida, individualmente.
Un tema importante en  su momento histórico era el de la valentía u hombría como virtud particular, la cual trató Platón en el Láques. Considerar la valentía como virtud pasa por el estudio del temor a futuro: lo que debe temerse y lo que no en el futuro. Esto implica estudiar el bien y el mal y esto no se puede estudiar solamente con respecto al futuro, sino en el presente y en el pasado. Esta investigación no puede limitarse en el tiempo, lo que te lleva al estudio de la naturaleza de la virtud en general, lo que hace imposible parcelar la virtud en partes diversas, por lo que la valentía no es una virtud.
La prudencia la trató en el Cármide, llevando adelante el mismo examen y llegando a la misma conclusión. El interlocutor del diálogo define la prudencia como conocimiento de sí mismo, del saber y del no saber, o sea, ciencia de la ciencia. Sócrates plantea que dicha ciencia carece de una cosa determinada y así, la ciencia no puede tener por objeto la ciencia misma. Debe tener un objeto determinado para poder ser ciencia. De esta manera la prudencia fracasa como ciencia de la ciencia. El objeto de la ciencia es el bien, por lo tanto la prudencia es parte, con la sabiduría y la valentía, de la virtud.
Los griegos consideraban la piedad religiosa o la santidad como la primera de las virtudes. Se entendía como el arte que regula el intercambio de beneficios entre el hombre y la divinidad: el hombre ofrece culto y sacrificios, la divinidad concede ayuda y ventajas. Sobre lo planteado surge la interrogante de lo que es santo: ¿Es santo por qué complace a los dioses, o complace a los dioses porque es santo? Se traslada el punto de la piedad religiosa a la definición de lo que es santidad. La imposibilidad de definir la piedad religiosa como una virtud particular, distinta a las demás, conduce al reconocimiento de la unidad de la virtud.
Los planteamientos esbozados en los párrafos precedentes llevan a Platón al   desarrollo de la investigación sobre el objeto o el fin de la virtud, sobre los valores que se encuentran en su base.
Platón se cuestiona sobre qué es lo bello. Lo bello, plantea, no puede ser distinto del bien; al igual lo que es útil, lo que es conveniente, ya que lo conveniente es la apariencia de lo bello, no lo bello mismo, y lo útil es lo provechoso, lo que produce el bien y es, por lo tanto, causa del mismo bien. Al igual que las virtudes cuando se examinan tienden a unificarse en el saber, así los varios objetos o fines de las acciones humanas: lo bello, lo conveniente, lo útil, tienden a unificarse en el concepto del bien.
El bien es el término final y el fundamento de toda relación humana. La amistad no se funda en la semejanza ni en la desemejanza entre las personas. En el diálogo Lisis Platón señala que lo semejante no puede encontrar en lo semejante nada que ya no tenga, y en lo desemejante no puede querer lo que le es desemejante, en resumen, lo bueno no puede amar lo malo ni lo malo a lo bueno.
El ser humano ama el bien y pasa de un bien inferior a un bien superior de manera que el bien último y superior es, igualmente, el primer fundamento de la amistad. El bien es el verdadero amigo, lo demás cosas que deseamos y amamos son sus imágenes. De lo antes expuesto se deduce que la amistad entre los seres humanos se funda en su común relación con el bien.

Bibliografía:
*- Abbagnano, Nicolas. Historia de la Filosofía. 2da edición. Montaner y Simon, S.A. Barcelona, España 1964
*- González, Zeferino (1831-1894) Historia de la Filosofía.
http://www.filosofia.org/zgo/hf2/index.htm
*- Kranz, Walter. Historia de la Filosofia Griega. Tomo I. 4ta edición. 1ra en español. UTEHA. México. 1962
*- Wikipedia

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